En nuestro día a día como gobernantas, la palabra criterio es sagrada. Sabemos que si hoy permitimos que una habitación se entregue fuera de estándar, mañana ese error será la norma. Por eso, resulta frustrante —y a veces hasta indignante— observar cómo en los despachos de arriba se especializan en lo contrario: en sentar malos precedentes.
El peligro de la “Lectura Legal a Medida”
Seguro que os suena la escena. Una normativa interna que ayer era inamovible hoy se vuelve flexible porque afecta a “X”. O, peor aún, se hace una interpretación creativa de la ley laboral para justificar una decisión que, en el fondo, solo busca el ahorro a corto plazo o el favoritismo.
Gestionar una empresa no es jugar al Tetris con la legalidad para que las piezas encajen a martillazos. Cuando se hace una lectura a medida, se rompe algo fundamental: la confianza.
¿Por qué los malos precedentes son una bomba de relojería?
- Agravios comparativos: Si aplicas la norma con rigor para unos y con manga ancha para otros, estás diseñando un campo de batalla entre empleados.
- Pérdida de autoridad: Como mandos intermedios, nos dejan “a los pies de los caballos”. ¿Cómo vamos a exigir disciplina si la dirección es la primera en saltarse el procedimiento?
- El efecto “Bumerán”: Un mal precedente hoy es una obligación mañana. Una vez que abres la veda de la arbitrariedad, no puedes cerrarla sin que parezca una injusticia.
La ley debe ser un marco de protección, no un traje de licra que se adapta a las curvas de la conveniencia de la empresa.
¿Cómo sobrevivir a este caos?
- Documentar es vencer: Ante lecturas creativas de la norma, mantén tus registros claros. Que las instrucciones contradictorias queden por escrito (siempre que sea posible).
- Neutralidad absoluta: En nuestro departamento de pisos, la norma debe ser igual para todos. Si la empresa decide ser “especialista en precedentes”, que no sea bajo nuestra firma.
- Mantener la integridad: Podrán cambiar el reglamento cada lunes, pero tu ética profesional no se negocia.
Gestionar un hotel requiere pulso firme y, sobre todo, coherencia. Porque al final del día, las leyes se pueden interpretar de muchas formas, pero la falta de palabra solo tiene una lectura: mala gestión.
¿Os ha pasado que os cambian las reglas del juego a mitad de partido? Os leo en comentarios.
