Julio y agosto nunca defraudan. Como cada año por estas fechas, el combo es el mismo: calor asfixiante, sobreesfuerzo acumulado, descontrol en las plantas y un cansancio que ya no se quita ni durmiendo ocho horas.
Pero lo peor de la temporada alta no son solo las camas ni los metros de pasillo. Lo peor es que, cuando el cuerpo está al límite y la gestión falla, los conflictos empiezan a saltar por la chispita más tonta.
¿De quién es la bandeja de queso?
Esta semana el drama ha sido ese: ¿Quién coño tiene que reponer la bandeja de queso del buffet?
Una tontería, ¿verdad? Pues se ha montado un pollo monumental. Y no porque a nadie le importe el queso, sino porque la gente ya no puede más. Cuando no hay funciones claras, cuando nadie marca las líneas de hasta dónde llega cada departamento y las responsabilidades se quedan flotando en el aire, cualquier chispa prende la pradera.
Y lo grave no es la discusión del queso. Lo grave es que cada día aparecen seis pollos nuevos como ese. Así es imposible trabajar, pero sobre todo, así es imposible vivir la jornada con un mínimo de paz mental.
Si nadie pone límites, el barco se hunde
Cuando Dirección pide y pide sin reforzar la plantilla, cuando Recepción se calla las cosas para quitarse el problema de encima y cuando los límites no existen, pasa lo inevitable: cada uno empieza a mirar por lo suyo y a remar hacia donde más le interesa.
- Sálvese quien pueda: El de sala le echa la culpa al de cocina, el de recepción al de pisos, y en medio se queda la plantilla intentando apagar fuegos que no le corresponden.
- El desgaste invisible: El trabajo físico agota, pero lo que realmente te destruye por dentro es la desorganización, el “esto no es mío” y el sentir que estás cubriendo agujeros ajenos mientras tu propio departamento se ahoga.
- La falta de liderazgo: Los problemas entre departamentos no se solucionan solos con el paso de los días; se solucionan con protocolos claros, descripciones de puesto definidas y mandos que pongan orden antes de que la gente explote.
Llegar a puerto sin dejarse la salud
Para aguantar lo que queda de verano sin terminar a puñetazos o de baja laboral, hace falta algo más que “resistencia”. Hacen falta límites:
- Delimitar funciones ya: No podemos estar improvisando a mitad de julio quién hace qué. Cada departamento tiene que saber cuál es su parcela y asumirla sin escaquearse.
- Dejar de tapar las vergüenzas ajenas: Si un departamento no hace su trabajo o un protocolo no existe, la solución no es asumir más sobrecarga en silencio. Hay que evidenciar el fallo organizativo para que quien manda tome cartas en el asunto.
- Cerrar filas en el equipo: Bastante dura es ya la operativa como para encima pelearnos entre nosotros por el caos de arriba. Apoyar a la camarera de al lado y mantener la calma en el pasillo es la única forma de no volvernos locos.
Si los que dirigen no marcan el rumbo ni ponen orden en la cubierta, difícilmente llegaremos a puerto sin perder a la mitad de la tripulación por el camino. Cuidar el servicio está muy bien, pero exigir organización para trabajar con dignidad es lo primero.
