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El día después del caos: qué hacer cuando la jornada sale mal

Publicada el 30/07/202630/07/2026 por Pilar Maldonado

Hay días en los que, por mucho que tengas la mañana cuadrada, la hoja de trabajo perfectamente impresa y a todo el mundo en su sitio, el hotel decide saltar por los aires.

Bajas de última hora a las ocho de la mañana, un grupo que sale tarde y deja las habitaciones hechas un desastre, la lencería que no llega a tiempo, o ese cliente que decide pagar su frustración con la primera camarera que se cruza en el pasillo. Das el 200 %, corres, apagas fuegos, tragas saliva y, cuando por fin apagas la luz del office, te queda esa sensación amarga en la boca del estómago: hoy no hemos llegado como me gustaría.

El cansancio físico de un día así se quita con una ducha y unas horas de cama. Pero el cansancio mental, ese nudo de impotencia de haber estado todo el día remando a contracorriente, te lo llevas a casa si no pones freno.

Por eso, el trabajo de una gobernanta no termina cuando acaba la jornada mala; empieza a la mañana siguiente, cuando hay que volver a levantar el departamento.

Aquí va lo que a mí me sirve para recomponer el equipo —y recomponerme yo— después de un día de auténtico caos:

1. El saludo de las 8:00 no puede ser el de todos los días

Cuando la jornada anterior ha sido dura, el equipo llega tenso. Llegan pensando si hoy va a ser otro infierno o si se les va a reprochar lo que quedó pendiente.

Lo primero que hago es mirarlas a los ojos, dar los buenos días con tranquilidad y validar lo que pasó. Un simple “Ayer fue un día durísimo, sé el esfuerzo gigante que hicisteis todas y os lo agradezco” cambia por completo la energía del pasillo. Si el equipo siente que ves su esfuerzo y no solo los números que faltaron, la guardia baja al instante.

2. No analices el desastre con el cuerpo caliente

Ayer no era el momento de buscar culpables ni de fiscalizar por qué tal habitación tardó más de la cuenta. Cuando hay fuego, se apaga; no se discute sobre la manguera.

El día después, con la cabeza fría, es cuando se habla con las segundas o con Mantenimiento si hubo fallos de coordinación. Pero ojo: no para echar la bronca, sino para ajustar el tiro. ¿Qué nos bloqueó ayer? ¿Qué podemos prever para que si vuelve a pasar no nos pille igual de desprotegidas?

3. Ajusta el ritmo: hoy no es día de experimentos

Si venimos de un palizón, pretender que hoy el equipo rinda al 120 % es una utopía que solo genera bajas y malestar. El día después del caos hay que buscar estabilidad.

Reparte el trabajo de la manera más justa y equilibrada posible. Si hay tareas secundarias que se pueden posponer (revisar a fondo un armario que no urge, un repaso de cristales de zona común que puede esperar a mañana), se posponen. Hoy la prioridad es recuperar el control, la calma y el ritmo constante.

4. Protege a tu gente (y ponte de su lado)

Si el caos de ayer vino por faltas de respeto de algún cliente o por presiones absurdas de otros departamentos, el equipo necesita ver que su gobernanta da la cara por ellas. Nada desmotiva más a una camarera que sentir que ha dejado la piel en el pasillo y que arriba nadie saca las uñas por el departamento de pisos.

Habla con Dirección o con Recepción si hay que reajustar límites. Que tu equipo sepa que tras el mostrador hay alguien que las respalda.

5. Cuida tu propia cabeza

Las gobernantas tenemos la manía de echarnos el hotel a la espalda. Sentimos que si una planta no sale a tiempo o si hay una queja, el fallo es 100 % nuestro. Y no. Hay días en los que las circunstancias te superan y no hay método en el mundo que frene una ola si te viene de golpe.

Aprender a decir “se hizo todo lo que técnicamente se podía hacer con los recursos que teníamos” no es conformismo, es salud mental.

Al final, este oficio nos enseña que los hoteles no se paran. Mañana volverá a entrar gente, las camas se volverán a hacer y los pasillos volverán a llenarse de ruido. Lo importante no es evitar que vengan días malos —porque van a seguir viniendo—, sino conseguir que, al día siguiente, el equipo vuelva a trabajar con la cabeza alta, sabiendo que juntas podemos con lo que nos echen.


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