Hoy no escribo como la profesional que tiene todas las respuestas, ni como la líder que motiva. Hoy escribo como Pilar, una mujer que lleva desde 1991 dejándose la piel en los pasillos y que, hoy, simplemente no puede más.
Vivo en un estado de frustración que se ha vuelto mi sombra. Siento que camino por arena movediza: quiero cambiar cosas, quiero mejorar la operativa, quiero dignificar nuestro trabajo con tecnología y procesos, pero los pasos que me permiten dar son tan cortos que agotan mi energía antes de ver el resultado. Es agotador luchar contra muros invisibles cuando lo único que buscas es excelencia.
La guardería de uniformes
Lo más duro no es el volumen de habitaciones ni la presión de la dirección. Lo que me vacía por dentro es la gestión humana cuando se vuelve tóxica. Estoy cansada de lidiar con comportamientos de guardería en cuerpos de adultos:
- Las mentiras constantes que retrasan todo.
- La falsedad y las envidias que rompen el equipo.
- Esa resistencia absurda a las normas que solo buscan hacernos el trabajo más fácil a todas.
Me paso el día apagando fuegos de discusiones infantiles mientras intento que el “motor invisible” del hotel no se detenga.
El peso de la responsabilidad
Pero lo más terrible de todo no es lo que hacen los demás. Es ese sentimiento de responsabilidad que me muerde por dentro. Me voy a casa con el eco de una pregunta: ¿Y si no lo estoy haciendo bien?. A pesar de toda mi experiencia, de mis años de mando y de mi entrega, me siento a punto de darme por vencida.
Parece que el sistema está diseñado para que te rindas, para que dejes de intentar innovar y te limites a “sobrevivir” al turno. Y hoy, ese sentimiento de derrota pesa más que el orgullo de ser Gobernanta.
Nota personal: Esta entrada es un grito de auxilio y de realidad. A veces, para seguir construyendo algo, hay que reconocer que los cimientos están cansados.
