¿Cuántas habéis mirado el grupo de WhatsApp del curro estando en vuestro glorioso día libre? ¿A cuántas os ha dado un vuelco el estómago a las diez de la noche al ver en la pantalla el número de recepción? Cuando llevas el departamento de pisos —y ya ni hablemos si tienes el superpoder de gestionar dos hoteles a la vez o te estás comiendo el enésimo marrón de una apertura de temporada improvisada—, parece que el puesto te viene con un cable conectado directamente a la corriente las 24 horas del día.
Nos han vendido la romántica moto de que una “buena” Gobernanta tiene que ser una especie de bombera de guardia perpetua, disponible en todo momento para solucionar incendios a golpe de teléfono. Pero os voy a destripar el final de la película: eso no es liderazgo, eso es una trampa como una catedral que te lleva de cabeza a la baja por ansiedad y a un billete de ida al agotamiento más absoluto.
Como Gobernantas 4.0, va siendo hora de que nos metamos algo en la cabeza: descansar también está en nuestro contrato. Si el hotel se hunde y los pasillos se convierten en el apocalipsis porque tú decides apagar el móvil durante doce horas, el problema no eres tú. El problema es que la organización de esa empresa es una auténtica castaña. Así que vamos a ver cómo poner límites antes de que nos tengan que cambiar las articulaciones por unas de titanio.
1. El gran cuento de la “imprescindible”: Si no te llaman, lo estás haciendo bien
Hay una extraña patología en nuestro sector que nos hace creer que cuantas más veces nos suene el teléfono, más importantes somos. ¡Error! El mayor orgullo de una gestora de pisos no debería ser que la llamen cincuenta veces al día para pedirle permiso hasta para respirar, sino todo lo contrario: que el hotel ruede solo y en silencio cuando ella no está. El querer controlarlo todo al milímetro es nuestro peor enemigo y la vía rápida para no tener vida.
Para eso tenemos a nuestra Segunda, que no está ahí para ser un fantasma que nos sigue por los pasillos a ver qué hacemos, sino para mandar, decidir y solucionar. Si hay un drama de última hora con el turno de tarde o a recepción le ha entrado una prisa repentina con una llave, tu mano derecha tiene que tener la autoridad y los ovarios de resolverlo sin mandarte un mensajito de auxilio.
La mitad de las llamadas “urgentes” se evitarían si la gente supiera leer los protocolos y usar el programa informático en vez de tirar de lo fácil: llamar a la Gobernanta. Si el equipo sabe qué hacer cuando falta material o cómo apuntar una avería gorda, tu teléfono dejará de echar humo.
2. Desconexión digital de verdad: El WhatsApp no es el teléfono rojo de emergencias
Los grupos de WhatsApp de los hoteles se han convertido en la mayor herramienta de tortura psicológica del siglo veintiuno. Se usan para absolutamente todo: turnos que cambian a lo loco, quejas del director, fotos de habitaciones que dan pena… y todo eso te vibra en el bolsillo mientras tú intentas desconectar o cenar con tu familia.
Hay que marcar las reglas del juego ya y sin miedo. Las cosas del trabajo se hablan, se discuten y se escriben dentro de la jornada laboral. Corta y rasga. Salvo que el hotel se esté quemando de verdad y haya que desalojar, no se mandan mensajes fuera de horario.
Y por supuesto, hay que ponerle freno a recepción y a los despachos. Si quieren un milagro para el día siguiente, que lo dejen apuntado en el ordenador o en el libro de relevos antes de que acabe su turno, pero que dejen en paz el móvil personal de la Gobernanta, que bastante tiene con aguantar el tipo desde primera hora de la mañana.
3. El cierre del día: Echar la persiana mental antes de fichar
Para poder marcharte del hotel sin llevarte los fantasmas a casa, el cierre del turno tiene que ser impecable. No dejes marrones flotando en el aire que sabes perfectamente que van a estallar en el turno de noche y te van a amargar la cena.
Antes de poner un pie fuera, déjalo todo absolutamente cerrado y actualizado en el software de gestión de habitaciones. Que cualquiera que mire la pantalla vea el estado real del hotel con un golpe de clic, sin tener que llamarte a preguntar si la 304 está limpia o rota.
Después, tómate diez minutos de reloj con tu Segunda para repasar quién se queda por la tarde, qué falta por hacer y qué averías críticas hay que vigilar. Una vez hecho esto, se acabó. Cruzas la puerta de salida, echas el candado mental y te convences de que has cumplido con tu trabajo y que el hotel queda en manos de profesionales que tú misma has formado.
4. Liderar con el ejemplo: Si tú no paras, tu equipo se rompe
Somos las jefas de un equipo multicultural, con un montón de realidades diferentes, y lo que hagamos nosotras marca el camino de las demás. Si tus camareras ven que contestas correos de madrugada o que mandas audios de trabajo en tu día libre, van a sentir la presión invisible de tener que hacer lo mismo. Y una plantilla que no descansa es una bomba de relojería.
El respeto a los descansos empieza por una misma. Cuidar de tu gente no es darles palmaditas en la espalda; es demostrarles que el descanso es sagrado. Si las camareras de pisos no desconectan la cabeza y el cuerpo, al día siguiente vienen sin energía, se despistan, no rinden igual y ahí es donde llegan los tirones, el lumbago, las bajas por tendinitis y las lesiones que luego el Excel de la dirección no sabe cómo explicar.
Menos épica y más salud
Llevar el departamento de pisos con un modelo moderno y eficiente exige mucha psicología y técnica, pero nunca debería costar la salud de nadie. Una Gobernanta quemada, sin dormir y con el café de mala leche no puede liderar bien, ni ponerse firme a negociar ratios con la dirección, ni cuidar de su plantilla como se merece.
