Hay días en los que el papel lo aguanta todo, pero la realidad del hotel, no. Días en los que una llamada de teléfono desde un despacho rompe cualquier lógica, cualquier planificación y, lo que es peor, cualquier atisbo de respeto hacia las personas que formamos el departamento de pisos.
La historia de hoy seguro que os suena. Empezamos la apertura con una previsión clara: primero y anexo. Bien, asumible. A los pocos días, el plan cambia (clásico): primero, algo del segundo y el anexo. Nos adaptamos, hacemos encajes de bolillos con la plantilla. Y de repente, de la noche a la mañana: “Oye, que también el tercero”.
¿Los números de los despachos? Siete chicas en plantilla. ¿La realidad a pie de pasillo? Entre limpiezas de clientes, entradas y el derecho sagrado a los días de fiesta de las trabajadoras, la ocupación real nos quita tres camareras y media. Nos quedan dos o tres personas libres. Dos o tres personas para limpiar el desastre del invierno, con unas chicas que ya están reventadas.
Hablemos de lo que significa “limpiar el invierno” con el cuerpo ya al límite, eso que no se ve desde los despachos:
- Cortinas llenas de manchas de pintura tras las reformas.
- Sábanas, mantas y cortinas de baño tiradas dentro de las bañeras, hechas un lío y asquerosas (cosas de los paletas, seguramente). ¡Qué falta de respeto hacia nuestro material y nuestro trabajo!
- Desperfectos técnicos acumulados que aún están por arreglar.
Y en medio de esa batalla, suena el teléfono: “Que quieren el tercero para mañana”. ¿Mi respuesta? “¿Qué? Imposible. Como muchísimo, llegamos hasta la 323”. Porque somos personas, no máquinas. Porque los milagros en hostelería no existen, existe el lomo y el esfuerzo de un equipo al límite.
Pensaba que había quedado claro. Pensaba que la cordura se había impuesto. Pero al día siguiente, otra llamada insistente: “¿Pero qué tendrán hecho del tercero hoy?”. Y cuando te quieres dar cuenta, imprimes el listado de entradas del día siguiente y ahí está el jarro de agua fría en un papel: el tercer piso completo a la venta.
¿Y cómo está ese tercer piso en el mundo real? Las cortinas quitadas y lavándose, las habitaciones sin repasar, las camas sin vestir…
Esto no es gestión hotelera. Esto es falta de previsión, falta de comunicación, una absoluta falta de empatía y un atrevimiento desmedido. Es muy fácil tomar decisiones y colgarse medallas de ocupación desde un despacho con aire acondicionado, como si se supiera mucho de esto, ignorando por completo la carga física y mental de unas trabajadoras que están exhaustas y la presión que se deja caer sobre las costillas del departamento de pisos.
