A ver, vamos a poner las cartas sobre la mesa y a hablar sin anestesia, porque lo que pasa por las noches ya pasa de castaño oscuro… Lo tuyo ya no es que sea de tener mucha cara, es que es de tener un morro que te lo pisas.
Nos hemos percatado de que el “servicio de vigilancia” incluye últimamente extras que no venían en el contrato: habitaciones con las camas revueltas y duchas sospechosamente empapadas a las seis de la mañana.
A ver si nos aclaramos, campeón: se te paga por vigilar las instalaciones, no por probar la presión del agua ni por comprobar si las sábanas de hilo rascan. Que esto es un lugar de trabajo, no un Bed & Breakfast con spa para que te quites el estrés del turno.
Las nuevas “normas de cortesía” (por si no te quedaban claras):
- La cama, en tu casa: Si encuentras una cama hecha, se queda hecha. No se deshace “para ver cómo se está”. No se prueba. No existe.
- La ducha, con gel de tu casa (y en tu casa): Dejar el baño chorreando y usar las toallas del centro no es de ser eficiente, es de tener una desfachatez nivel Dios.
- El uniforme no es un pijama: Si necesitas desnudarte para hacer tu trabajo, te has equivocado de profesión.
Aviso para navegantes: Las cámaras de los pasillos registran perfectamente a qué hora se entra a las habitaciones y a qué hora se sale (y no precisamente con cara de haber estado persiguiendo intrusos). La próxima vez que veamos una gota de agua fuera de sitio o una almohada arrugada, el siguiente parte no va a ser una advertencia: va a ser el finiquito.
