Da igual si lo que ha surgido es un problema de mantenimiento ligero, un olvido de recepción, un objeto inclasificable que ha aparecido en una zona común o una tarea del limbo que nadie sabe a quién corresponde. Al final, por arte de magia (o por falta de directrices claras), esa patata caliente termina cayendo en el mismo carro de limpieza. En nuestro carro.
Es hora de hablar claro y sin filtros de un mal endémico que sufrimos muchas gobernantas: el síndrome de las tareas huérfanas y la alarmante falta de personal.
El misterio de las «tareas de nadie»
Cuando los protocolos de un hotel están cogidos con pinzas y las plantillas van bajo mínimos, ocurre un fenómeno curioso. Aparece una serie de trabajos satélite que nadie quiere asumir. A veces la dirección opta por externalizar algunos servicios para quitarse el problema de encima, pero cuando no se hace (o se hace mal), el resultado siempre es el mismo: pagamos las de siempre.
Parece que el departamento de pisos tiene una propiedad elástica e infinita, capaz de absorberlo todo:
- ¿Que hay que mover un mobiliario que pesa una tonelada porque no hay brazos suficientes? Pisos.
- ¿Que hay que repasar un rincón que pertenece a otra área pero “queda feo”? Pisos.
- ¿Que hay que solucionar un imprevisto logístico que nadie planificó? Pisos.
Nos hemos convertido, a ojos de muchos, en las «chicas para todo». Y como gobernanta, lo digo alto y claro: estoy cansada de esta situación. Una cosa es la polivalencia y el arrimar el hombro en momentos puntuales de máxima ocupación, y otra muy distinta es que la ineficacia organizativa se disfrace de “compromiso con la empresa”.
La ley del mínimo esfuerzo frente al “pide y se te dará”
Lo más sangrante de este escenario no es solo el exceso de carga de trabajo; es la flagrante injusticia que se vive en los pasillos día tras día. En la fauna hotelera nos encontramos con dos perfiles que asisten al caos como meros espectadores:
- Los del “eso no entra en mi categoría”: Esos perfiles que se saben el convenio colectivo al dedillo, pero solo para lo que les conviene. Ante cualquier petición, sacan el escudo del contrato, la categoría profesional o las funciones asignadas por escrito para escurrir el bulto.
- Los del “bulo y escaqueo”: Los vagos profesionales. Aquellos que no hacen ni lo suyo, que ralentizan el ritmo de todo el establecimiento y a los que, incomprensiblemente, nadie les dice nada. Parece que es más fácil dejar en paz al que no rinde que exigirle responsabilidades.
La paradoja del hotel: Al que no hace nada, se le acaba perdonando todo por aburrimiento; pero al departamento que siempre responde, al que es responsable, honesto y saca el barco a flote, se le pide cada vez más y más.
¿Por qué siempre se estira la cuerda del mismo lado?
Porque saben que nuestro nivel de autoexigencia y profesionalidad no nos permite dejar el hotel a medias. Pero la cuerda, de tanto estirarse, se rompe.
Dignidad profesional y límites claros
Gobernar un departamento de pisos no es solo revisar que las habitaciones huelan a limpio y que las sábanas estén alineadas. Gobernar es liderar, proteger a un equipo multicultural y exhausto, y gestionar la salud laboral de personas que se dejan la espalda en cada turno.
No podemos seguir permitiendo que la falta de previsión de terceros se traduzca en una sobrecarga física y mental para nosotras. Exigir que cada categoría cumpla con sus obligaciones no es ser inflexible; es buscar la equidad básica para que un negocio funcione.
La próxima vez que alguien intente tirar en nuestro departamento esa tarea que “no es de nadie”, habrá que recordarles que el departamento de pisos tiene un mapa de ruta muy claro, unas funciones vitales y, sobre todo, un límite. Para que el hotel brille hacia fuera, primero hay que respetar y cuidar la maquinaria que lo hace funcionar desde dentro.
¡Mucho ánimo a todas las compañeras que hoy plantan cara a las injusticias del pasillo! Nuestra profesionalidad es gigante, pero nuestra paciencia tiene horario de check-out.
