¿Os ha pasado alguna vez? Intentas ser flexible, echas una mano con un horario, haces un cambio que te supone un quebradero de cabeza y, a la semana siguiente, esa excepción se convierte en una costumbre… o en una exigencia.
A veces, por querer cuidar a nuestro equipo y ser esa Gobernanta que entiende los problemas personales de todas, cruzamos una línea invisible. Y de repente, te das cuenta de que la operativa se está tambaleando porque la “excepción” ha dejado de serlo.
El peligro de ser “demasiado” flexibles
Ser empática es una de nuestras mayores virtudes, pero en nuestro sector, si no ponemos límites, el sistema se resiente. Cuando abrimos la puerta a saltarnos los protocolos constantemente, pasan dos cosas que nos amargan la jornada:
- El equipo se desequilibra: Si tú haces una excepción por una persona, el resto se da cuenta al minuto. Y con toda la razón, empiezan a pedir lo mismo. La equidad se rompe y el ambiente se enrarece.
- Nosotras nos quemamos: Acabamos haciendo malabares constantes, perdiendo un tiempo precioso de gestión en apagar fuegos que, en realidad, no deberían haberse encendido.
¿Cómo poner límites sin dejar de ser humanas?
No se trata de convertirnos en jefas inflexibles ni de perder nuestra esencia. Se trata de profesionalizar nuestra generosidad. Aquí os cuento lo que me funciona a mí para que no me tomen el brazo entero:
- Que manden los datos, no tú: Cuando alguien pide algo que rompe la operativa, lo mejor es apoyarse en la planificación. “Me encantaría ayudarte, pero el sistema de cargas está al límite y si toco esto, afectará a la limpieza de las habitaciones de tus compañeras”. Ya no eres tú la que dice “no”, es la realidad del trabajo la que lo marca.
- Criterios claros desde el principio: Lo mejor es tener un protocolo, incluso para los cambios de turno o días libres. Si todas conocen las reglas del juego, las peticiones “fuera de lugar” disminuyen muchísimo.
- El “no” también es cuidar: A veces, decir que no es la forma más sana de proteger al equipo. Si permites que alguien trabaje de más o que se salte las normas, al final el resto paga las consecuencias.
En definitiva…
Liderar un equipo de pisos es una carrera de fondo. Queremos equipos felices y motivados, claro que sí, pero eso solo se consigue cuando existe un orden. Ser Gobernanta 4.0 también significa saber cuándo parar, respirar y recordar que la estructura es la que nos permite, a todas, trabajar dignamente.
¿Os ha pasado que por querer ayudar habéis terminado con el brazo en el aire? ¿Cómo ponéis freno a estas situaciones sin que parezca que os habéis vuelto “de hierro”? ¡Os leo en los comentarios!
