Ya sabéis cómo va esto. Entras en la habitación tras el check-out y ves una estampa que parece un mercadillo después de un día de lluvia. Pero ojo, compañeras, que aquí viene el mantra que tenemos que tatuarnos: si no es basura evidente (y a veces ni eso), se guarda.
¿Por qué somos tan precavidas? Porque la experiencia nos dice que lo que para nosotros es un trozo de papel con garabatos, para el cliente es el mapa del tesoro o el teléfono del amor de su vida.
Cosas que te dejarán con la boca abierta
Si creíais que solo se olvidan cargadores y cepillos de dientes, preparaos para la lista de lo que nos han llegado a reclamar después de tres días:
- Piedras del río: Sí, tal cual. Ese canto rodado que trajeron de la excursión y que “tiene una energía especial”.
- Envases vacíos de yogur: “Es que guardaba las semillas de una planta exótica dentro”. ¡Casi lo tiramos!
- Tickets de compra de hace dos años: Resulta que era el único justificante para una garantía millonaria.
- Peluches que han visto tiempos mejores: Esos que parecen que van a cobrar vida, pero que son el consuelo de un niño (o de un adulto, que aquí no juzgamos).
Consejo de amiga: Ante la duda, bolsa de objetos perdidos, etiqueta con el número de habitación y fecha. Más vale que sobre espacio en el almacén a que nos falte la paz mental cuando llamen preguntando por “una caja de cartón pequeña que estaba junto a la mesilla”.
