Antes de empezar: Sé que cada hotel es un mundo. En algunos sitios las rotaciones son ley y en otros, las posiciones fijas son sagradas. Otro día hablaremos a fondo sobre las rotaciones, pero…
Hoy quiero compartir con vosotras una escena que seguro habéis vivido esta semana (o ayer mismo). Se cierra la puerta del office, una camarera te pide “cinco minutitos” y suelta la frase bomba: “Oye, que yo veo diferencias aquí. A las demás no las mueves y a mí me traes de aquí para allá. Y yo llevo en esta empresa más años que otras”.
Respiras hondo. Sabes que toca una sesión de pedagogía hotelera porque, a veces, el “siempre se ha hecho así” pesa más que el contrato firmado.
El caso de la “eterna” correturnos (que se olvidó de que lo era)
Hablamos de esa compañera que el año pasado, por pura necesidad operativa o por un hueco que se quedó libre, estuvo fija en una planta o en los salones. Se acostumbró a su rutina, a sus pasillos, a su ritmo… y ahora que las circunstancias han cambiado y vuelve a su puesto real de correturnos, siente que le han quitado un “título de propiedad”.
Aquí es donde entra nuestra labor diplomática, pero también la legal.
Lo que dice el cuadrante (y el sentido común)
A veces hay que recordar los básicos, con cariño pero con firmeza:
- La antigüedad no es un pase VIP para elegir habitación: En el convenio (y en la lógica de empresa), la antigüedad te da puntos para trienios, para elegir vacaciones en algunos casos o para promociones, pero no te da el derecho legal a elegir qué pasillo limpias.
- El contrato es por 8 horas de trabajo: Esta es la clave. Su contrato dice que trabaja para el hotel, bajo la dirección de su responsable (nosotras). Dentro de esas 8 horas, su labor es realizar las tareas de limpieza que se le asignen según la necesidad del día. Si hoy hacen falta manos en los salones, se va a salones; si mañana hay 20 salidas en la tercera, se sube a la tercera.
- La función del correturnos: Ser correturnos es, precisamente, ser el “comodín” de lujo. Es un puesto que requiere una capacidad de adaptación brutal. No es un castigo, es una necesidad del servicio.
¿Cómo gestionar esta charla sin que la sangre llegue al río?
Cuando te vienen con el “es que a fulanita no la mueves”, el tono coloquial pero profesional es nuestro mejor aliado. Yo suelo enfocarlo así:
- Validar sin ceder: “Entiendo que te guste más estar fija en el piso 2, porque ya te conoces los trucos, pero recuerda que tu puesto es de apoyo donde más se necesite. El año pasado estuviste allí por una circunstancia X, pero ahora la operativa nos pide otra cosa”.
- Explicar la “inmovilidad” de las otras: Si no muevo a las demás es porque tienen un puesto asignado diferente o porque, para la organización de hoy, es más eficiente que se queden ahí. No es favoritismo, es estrategia.
- Recordar el objetivo: “Al final del día, todas venimos a cumplir nuestra jornada. Lo importante no es en qué planta estés, sino que el equipo saque el trabajo adelante y que todas rememos igual”.
Compañeras, el “derecho a reclamar salón o planta” no existe en los libros de derecho laboral, pero sí existe en el imaginario de quien lleva muchos años. Nuestra misión es hacerles entender que su valor no está en el pasillo que limpian, sino en lo bien que lo hacen donde quiera que las pongamos.
Es duro, sí. A veces nos miran con cara de “eres la mala de la película”, pero liderar es tomar decisiones basadas en el servicio, no en quién lleva más años en la cena de Navidad de la empresa.
