Si en tu equipo hay gente de tres o cuatro países distintos, con sus acentos, sus costumbres y sus formas de ver la vida, sabes perfectamente de lo que hablo. Olvídate de los libros de gestión de empresas que te hablan de “sinergias multiculturales” con palabras rimbombantes. En el mundo real, gestionar un equipo así es lo más parecido a llevar una orquesta donde uno toca la trompeta, otro la pandereta y tú tienes que conseguir que aquello suene a música celestial y no a una cacharrería.
Tiene guasa la cosa, no lo vamos a negar. Hay días que son una auténtica gymkana, pero cuando le pillas el truco, no lo cambias por nada.
Aquí van tres verdades como templos que te da el llevar años al pie del cañón con equipos de todos los colores:
1. El idioma universal es el respeto (y una sonrisa a tiempo)
A veces te entra una chica nueva que apenas te chapurrea el idioma y piensas: “Madre mía, a ver cómo nos entendemos hoy”. Pero hay cosas que no necesitan diccionario. Un “buenos días” mirándote a los ojos, una palmada de ánimo cuando la cosa está hasta arriba y el tratar a la gente con dignidad funcionan igual en Pekín que en el pasillo de al lado. Si ven que juegas limpio y que vas de frente, se dejan la piel por ti. Así de claro.
2. Al pan, pan y al vino, vino (¡Cero rodeos!)
Con la mezcla de culturas, las indirectas son el enemigo número uno. Lo que para ti es “de cajón”, para alguien que viene de la otra punta del mundo puede ser un misterio de Cuarto Milenio. Así que, con los equipos diversos, las cosas claritas y al grano. Cuanto más simple, visual y mascadito esté el reparto de tareas —ya sea en un papel o en una pantalla—, menos líos habrá luego. Y truco de vieja escuela: nunca preguntes “¿te has enterado?”, que por vergüenza te van a decir que sí con la cabeza aunque no tengan ni idea. Mejor un “¿me he explicado bien o lo miramos juntas?”. Mano de santo.
3. Cada uno con su librillo, pero remando juntos
Lo bonito de tener un equipo que parece la ONU es que cada uno cojea de un pie pero brilla con el otro. Está la que te saca una sonrisa cuando está cayendo el diluvio universal, la que es más cuadriculada que un cuaderno de deberes y la que te arregla un imprevisto en un abrir y cerrar de ojos. Tu trabajo no es hacer que todas bailen exactamente igual como si fueran robots, sino conocer bien a tu gente, saber qué botón tocar con cada una y hacer que se respeten entre ellas.
Liderar un equipo con tanta mezcla es caótico, agobiante a ratos y te exige hacer de jefa, psicóloga y árbitro de fútbol antes de las diez de la mañana. Pero, oye, qué orgullo da pasearte al final del turno, ver que todo está impecable y saber que esa maquinaria ha funcionado como un reloj suizo gracias a cómo has repartido el juego.
