Llevo 33 años en esto y, a veces, miro a mi alrededor y me pregunto si alguien más en el hotel tiene los pies en la tierra.
Se nos exige excelencia, eficiencia y unos ratios de limpieza casi imposibles, pero, ¿qué pasa cuando la operativa falla por los cimientos? Vamos a hablar claro, porque alguien tiene que decirlo:
- El círculo vicioso de la ropa: Lavandería interna que no cumple y una externa que te devuelve la lencería más sucia de lo que la entregamos. ¿Cómo se supone que vamos a montar una cama de calidad si para encontrar dos sábanas en condiciones tengo que desechar cinco?
- La desconexión en recepción y reservas: Departamentos que no saben ni qué habitaciones tienen camas disponibles. Nos lanzan cambios de última hora y guardas a mitad de turno como si fuéramos máquinas, sin una pizca de empatía ni comunicación real.
- La dirección y la propiedad: Mientras arriba se preocupan de “sus ocurrencias” para ahorrar céntimos, abajo el personal está al límite. ¿Ampliar plantilla? Ni hablar. ¿Escuchar al departamento que realmente conoce el estado de las habitaciones? Eso ya es pedir demasiado.
Gestionar dos hoteles bajo este panorama no es dirigir, es hacer magia. Mi equipo y yo salvamos el día a día a base de esfuerzo, observación y criterio, porque sabemos que si nosotros fallamos, el hotel se cae.
La pregunta que lanzo a la comunidad es: ¿Hasta dónde llega nuestra responsabilidad como gobernantas cuando la dirección se desentiende? ¿Cómo mantenéis la moral de vuestras compañeras cuando os dan la espalda desde arriba?
Señores de la dirección: las habitaciones no se limpian solas, y la paciencia de quienes las cuidan tiene un límite.
