Hay días que no se miden por horas, sino por el nivel de supervivencia. Hoy ha sido uno de ellos. 270 cambios. No son solo números; son 270 habitaciones, la inmensa mayoría con tres o cuatro camas, lo que multiplica el esfuerzo, el peso y el desgaste físico hasta límites insospechados.
Lo más frustrante es observar el contraste: mientras el resto del hotel parece operar con total tranquilidad y normalidad, en el departamento de pisos la realidad es un campo de batalla. El agotamiento y las prisas ya no dan más. Contenedores de basura desbordados, pasillos convertidos en pistas de obstáculos llenas de maletas y jóvenes ocupando cada espacio; y la impotencia de ver cómo nuestras jaulas de ropa llegan al punto de saturación: no cabe ni una sábana más.
Es el colapso logístico frente a un entorno que parece no darse por enterado.
Lo más doloroso de observar, mientras nuestro equipo corre contra el reloj sin margen ni para un respiro ni para comer un bocado, es la desconexión absoluta del mando. Mientras el equipo de pisos está al límite, nuestro director dedica la jornada a “dar paseitos”, con la mirada perdida en su móvil, ajeno a la realidad del pasillo.
Es una estampa que se repite: el equipo agotado, dando el cien por cien, y arriba, una dirección inoperante que vive en una burbuja de indiferencia. No hay una palabra de apoyo, no hay una gestión de recursos, no hay empatía ante una carga de trabajo que, simplemente, ya no da más.
Se nos exige excelencia en el servicio, pero se nos niegan los recursos mínimos para trabajar con dignidad. Y lo peor de todo es saber que, para ellos, mientras el resto del hotel siga su curso tranquilo, nuestro sacrificio es invisible.
