En nuestras plantas conviven mundos enteros. Como gobernantas, gestionamos cuadrantes, pero sobre todo gestionamos personas. Y hoy quiero mojarme en un tema que a veces genera susurros en los pasillos: el uso del pañuelo y el tiempo de rezo de las trabajadoras musulmanas.
Desde mi experiencia en la trinchera diaria, lo tengo claro: el respeto es una calle de doble sentido.
El pañuelo (Hiyab): ¿Cuestión de estética o de identidad?
A veces escucho que el pañuelo “rompe la estética del uniforme”. Personalmente, creo que lo que rompe la estética de un hotel es una mala cara o una habitación mal terminada, no un tejido sobre la cabeza.
En mi equipo, el pañuelo es bienvenido siempre que cumpla con la seguridad y la higiene:
- Que sea de los colores del uniforme para mantener la sobriedad.
- Que esté bien sujeto para evitar accidentes con los carros o en lavandería. Cuando una trabajadora se siente respetada en su identidad, su compromiso con el hotel se multiplica. Es así de simple.
El rezo: El pacto de la responsabilidad
Aquí es donde entra la parte técnica y operativa. El rezo es un derecho personal, pero la salida de las habitaciones es una obligación profesional. Mi política es la de la flexibilidad negociada:
- El trabajo es lo primero: Si estamos en un día de salidas masivas, con el hotel al 100% y el director pidiendo habitaciones para ya, el equipo sabe que el rezo debe esperar al tiempo de descanso o a que baje el ritmo.
- Los 5 minutos de margen: Si la planta está controlada y el flujo de trabajo lo permite, no tengo problema en que se tomen esos minutos. Pero no es un “parón porque sí”, es un respiro que se recupera con eficiencia.
- Sin escondites: Prefiero que me lo digan de frente. “Jefa, ¿puedo retirarme 5 minutos ahora que he terminado este bloque?”. Esa transparencia evita que alguien “desaparezca” en una habitación vacía y que el resto del equipo se cargue de trabajo.
La clave: El equilibrio
La ley nos da unas pautas, pero el sentido común nos da la paz en el equipo. Si yo respeto sus tiempos y sus creencias, ellas respetan mis prioridades cuando el hotel se vuelve loco.
Ser gobernanta no es solo pasar el dedo por el polvo; es saber crear un ambiente donde todos, independientemente de su origen o fe, remen en la misma dirección. Porque al final del día, lo que todos queremos es lo mismo: un cliente satisfecho y un equipo que vuelve a casa sabiendo que ha hecho un buen trabajo.
