Siempre me hace gracia cuando escuchamos eso de “es que es un hotel de 4 estrellas…”. Parece que esas estrellas cayeran del cielo, ¿verdad? Como si hubiera un comité de sabios que entra en el hotel, se sienta en un sofá, prueba las sábanas y decide: “vale, te damos cuatro”.
Pues ojalá fuera así, pero la realidad es mucho más terrenal (y a veces, un poco más cuadriculada).
El “Manual” de las estrellas
En realidad, las estrellas son una lista de la compra. Cada Comunidad Autónoma tiene su decreto, su “reglamento” donde dice qué tiene que tener un hotel para llamarse de una manera u otra. Es puro cumplimiento normativo:
- Que si el pasillo tiene que medir tanto de ancho…
- Que si tienes que tener un secador en el baño…
- Que si el horario de recepción tiene que ser de X horas…
Es un sistema de puntos. Vas sumando: tengo restaurante, +puntos. Tengo aire acondicionado, +puntos. Tengo ascensor, +puntos. Al final, si llegas a la cifra que dice el BOE, te dan la placa. ¡Tachán! Ya eres un 4 estrellas.
La placa dice una cosa, pero el pasillo cuenta la verdad
Aquí es donde viene lo que a nosotras, las que pisamos el pasillo cada día, nos hace sonreír. La placa dice una cosa, pero el pasillo cuenta la verdad.
Es precisamente por esto que ves diferencias abismales entre hoteles de la misma categoría.
