Hay mañanas en las que el despertador suena y el peso de la responsabilidad no está en la agenda, sino en el pecho. Mañanas en las que las sábanas blancas parecen una montaña imposible de escalar y el listado de habitaciones se siente como un muro.
Hoy quiero hablarle a la mujer que hay detrás de la gobernanta. A esa que llega a casa con los pies hinchados, pero con la cabeza aún más cansada de encajar piezas que no quieren entrar.
La soledad de quien debe tener todas las respuestas
A veces, dan ganas de abandonar. No es falta de profesionalidad, es agotamiento del alma.
Es el desgaste de ser el pararrayos de las quejas de recepción y, a la vez, el escudo que protege a las camareras de pisos.
Es la frustración de ver que el estándar de perfección que exiges choca contra la falta de personal o el poco tiempo.
Es sentir que eres la “solucionadora universal” y que, cuando tú necesitas una solución, solo encuentras silencio.
El derecho a estar cansada
Nos han vendido que la gobernanta es de hierro. Que somos las que nunca flaqueamos. Pero la realidad es que somos humanas. Sentir que ya no puedes más no te hace menos líder; te hace real. Hay días en los que el “brillo” del hotel se apaga para nosotras, y está bien reconocerlo.
¿Por qué seguimos aquí?
Si estás leyendo esto y hoy es uno de esos días en los que has mirado la puerta de salida con ganas de no volver, recuerda esto:
Tu valor no se mide por cuántas habitaciones sacaste hoy, sino por la dignidad que le das a un oficio que es el corazón de la hospitalidad. Pero incluso el corazón necesita un respiro.
Hoy no te escribo para decirte que “tú puedes con todo”, porque a veces no podemos. Te escribo para decirte que no estás sola en ese sentimiento. Que todas hemos querido tirar la llave maestra al fondo del pasillo alguna vez.
Mañana quizás recuperemos la fuerza. Pero hoy, si necesitas sentir que ya es suficiente, permítetelo. Mañana el hotel seguirá ahí, pero tú solo te tienes a ti misma.
