Ayer fue uno de esos días en los que, al cerrar la puerta del hotel, me prometí que no aguantaría otro igual. Pero, ¿cómo no vas a llegar al límite cuando la gestión se convierte en una carrera de obstáculos diseñada para que el departamento de pisos siempre pierda?
Empezamos el día con una asignación de habitaciones que desafiaba a la lógica. Triples en habitaciones que eran dobles, sin opción a ser triples, y un list room de una agencia que decidió aparecer, cuando le vino en gana, a las dos de la tarde. Salí del hotel a las tres, con el estómago encogido, sabiendo perfectamente que gestionar 130 salidas y recibir a 420 personas de entrada iba a ser un desastre de proporciones bíblicas.
No me equivoqué. A las cinco y media de la tarde, suena mi teléfono. Es el director. Que si en la primera planta hay habitaciones sin hacer, que si en una falta un colchón, que si aquí no hay camas… El tono, por supuesto, es de urgencia máxima.
En un acto de fe, llamo a una de mis chicas, le pido que entre antes de su hora, que estamos desbordados. Ella, profesional como siempre, me dice que va de inmediato. Pasan exactamente cinco minutos —cinco— y vuelve a llamar el director: “Es que me dicen que aquí no ha ido nadie”.
Mi respuesta salió sola, casi por inercia: “El teletransporte todavía no se ha inventado aún”.
Mientras tanto, dos recepcionistas al teléfono, un caos absoluto, y una falta de profesionalidad que desespera. Al final, ¿qué pasó con el famoso colchón que faltaba? Pues que, sorpresa, ni siquiera venía indicado en el parte.
Me indigna profundamente que, ante la menor incidencia, el dedo acusador siempre apunte hacia nosotras. Parece que las camareras de piso somos “tontas” para quienes no pisan una habitación en su vida. Pues os voy a contar una cosa a los “inteligentes” de la oficina:
Si asignáis una habitación, la cambiáis por capricho o error, y la volvéis a dar a un cliente sin que nadie la haya repasado, es evidente que el cliente se va a quejar. Está sucia, sí, pero no porque no se haya hecho el trabajo, sino porque vuestra gestión lo ha anulado.
Y sobre las quejas por las camas: aseguraos antes de montar el espectáculo. Especialmente cuando el cliente es alemán y, curiosamente, en recepción no se habla ni papa de alemán y el inglés… bueno, digamos que es “justito”.
Se nos llena la boca hablando de estándares, pero se ignora que, a veces, las camareras de piso tenemos más coherencia y capacidad de resolución que todos los departamentos de gestión juntos.
Mi equipo es el pilar que sostiene este hotel, aunque a algunos les guste culparnos para tapar sus propias carencias. A todas las que ayer aguantasteis el chaparrón, mi admiración. Y a los que siguen pensando que nuestro trabajo es invisible o prescindible, os diré una cosa: intentad gestionar un día sin nosotras.
Turismo en la costa. Turismo de borrachera. Niños, tres y cuatro camas. Dos sacos de basura y vomito por habitación casi casi… Hay que decirlo. Felicidades a mis equipos, que cada seis días sobreviven a esta situación y siempre lo sacan adelante. No es justo el trato que recibimos.
Seguimos, pero con la cabeza bien alta. Pero ya no me callo.

Algunas d esas personas q no tienen ni idea d el trabajo q hacemos , m gustaría verlos un día al lado nuestro simplemente mirando ya no t digo trabajando, q solo d vernos se irían agotados.. Gracias Pili por ser como eres.
😍