Tenía un planazo para este inicio de temporada. Músiquita de fondo, diez minutos de estiramientos en grupo antes de liarnos a batallar con los pasillos, y a empezar la jornada con otra energía y el cuerpo a punto. Diez ejercicios sencillos. Diez minutos para cuidar a las que cuidan el hotel.
¿Qué podía salir mal?
Pues todo, para qué nos vamos a engañar.
Han pasado tres meses y la película ha terminado con solo tres personas bajando a estirar. El resto, un goteo constante de «es que me duele aquí», «es que yo este ejercicio no puedo»… Y eso que la idea inicial era clara: la asistencia es obligatoria para hacer equipo, y el estiramiento que te moleste, te lo saltas y adaptas. Sin presiones. Pues ni por esas. Al final me ha tocado suspenderlo.
Y mirad, entono el mea culpa la primera. Lo reconozco abiertamente: no he estado allí abajo con ellas todo lo que debería. Siempre me sale un fuego que apagar a primera hora, una llamada, un imprevisto o papeleo de última hora. No es excusa, lo sé. Si la líder no da ejemplo a diario, el barco se va desviando.
Pero la sensación que se te queda por dentro es otra. Es ese poso de agotamiento mental cuando sientes que, aunque bajes la luna o les compres una mopa supersónica que limpie sola sin que nadie la empuje, nunca va a ser suficiente. Siempre habrá un pero, un rechazo a lo nuevo o una pega en la mesa.
Liderar un departamento de pisos no es solo gestionar habitaciones, lencería o ratios; es lidiar con las ganas (o la falta de ellas) de mucha gente distinta. Y hay días en los que, sinceramente, una se cansa.
Hoy ha tocado cerrar la «clase de estiramientos», pero la lección me la llevo aprendida. Toca analizar qué ha fallado, reajustar piezas y ver cómo reactivar la motivación sin perder la paciencia por el camino.
¿Os ha pasado algo parecido gestionando equipos? ¿Cómo hacéis para que este tipo de iniciativas no se os caigan con el paso de las semanas? Leeros en comentarios me vendrá de lujo hoy.
