Hoy no voy a hablar de trabajo, de operativos, ni de hoteles. Hoy quiero hablar de algo que pesa mucho más: el estigma que aún rodea a la salud mental.
Llevo más de dos meses dándole vueltas. Un tira y afloja constante entre el “sí” y el “no” a tomarme una baja por estrés y ansiedad. Lo he pensado mucho, lo he valorado, y por una serie de razones, al final ha vuelto a ganar el “no”. Y, sinceramente, creo que me he equivocado.
Pero lo que me ha impulsado a escribir esto es un comentario que he escuchado hoy. Una persona cercana, a quien acaban de recetar un inhalador, me comentaba su situación. En tono de broma, le dije: “No vayas a pedir la baja por esto, ¿eh?”. Su respuesta fue automática: “No es lo mismo”.
“No es lo mismo”.
Esas tres palabras me dejaron pensando. Reflejan perfectamente la barrera invisible que todavía existe en nuestra sociedad. Ese pensamiento arraigado de que el estrés, la ansiedad, la tristeza profunda o la desmotivación paralizante no son causas “suficientemente justificadas” para detenerse y pedir ayuda.
Como si el dolor que no se puede medir con un estetoscopio o que no se ve en una radiografía fuera menos real. Como si la mente no formara parte del cuerpo.
Es triste, pero sigue siendo así. Seguimos viviendo en una cultura donde el agotamiento mental se ve como una debilidad, no como una señal de alarma que el cuerpo nos está enviando para decirnos: “Para, que te estás rompiendo”.
Me he equivocado al no parar. Lo sé. Pero hoy quería compartir esta reflexión porque quizás, si empezamos a normalizar que el estrés también enferma, el próximo “no” sea un “sí” necesario para alguien que lo necesita tanto como yo.
No minimicemos lo que no vemos. La salud mental es salud. Punto.
