Si alguien me hubiera dicho hace unos años que mi día a día consistiría en jugar al tetris con habitaciones que desaparecen y aparecen, probablemente me habría dedicado a otra cosa. Pero aquí estamos.
Hoy no voy a ser comedida. Hoy toca hablar de comunicación, pero no de la bonita, de la de los libros; voy a hablar de esa comunicación que brilla por su ausencia y que está convirtiendo mi jornada laboral en una película de terror de bajo presupuesto.
Llevo días viviendo en un episodio infinito de cambios de última hora, cancelaciones que me entero por el espíritu santo y desvíos que, por supuesto, nadie se ha molestado en comunicarme. Es entrar por la puerta y prepararse para la sorpresa del día. Mi relación con el PMS es, básicamente, una relación tóxica: lo que dice a las cinco de la tarde no tiene absolutamente nada que ver con lo que suelta a las ocho. Y eso, cuando tiene a bien decir algo, porque hay datos que simplemente deciden desaparecer del mapa.
¿Habitaciones libres que en realidad están ocupadas? Check. ¿Habitaciones ocupadas que ves que abandonan con maletas porque nadie actualizó nada? Check. Pero el premio gordo se lo lleva lo de hoy: me han hecho montar y desmontar la misma cama tres veces. Tres. En la misma habitación. A estas alturas, me pregunto si no será una cámara oculta.
Y para rematar la faena, la entrada de mañana ha sido otro cuadro. Han tenido que rehacer el planning porque a alguien le pareció brillante meter 12 habitaciones triples en dobles. spoiler: no, no caben. Ni por física, ni por lógica, ni por respeto al sentido común. Mañana llegaré y me encontraré el percal de siempre: un caos monumental que tendré que gestionar yo mientras los demás miran a otro lado.
Y aquí llega mi pregunta del millón: ¿qué se supone que tengo que hacer? ¿Ir antes? ¿Hacer horas extra por la cara?
Propongo un experimento: un día, solo un día, pondría al responsable de reservas y a todo el equipo de recepción a hacer habitaciones. Con todas sus consecuencias. A ver si así, cuando tengan que sudar la gota gorda por culpa de sus propios errores de comunicación, les da por actualizar el puñetero sistema antes de que yo me vuelva loca.
En fin, mañana será otro día. O no.
