Llega un punto en el verano donde la energía ya no es la misma que cuando empezamos. Las piernas pesan más de la cuenta, el carro parece que va cuesta arriba aunque el pasillo sea plano y cualquier tontería en una planta se te hace un mundo. Es esa fatiga acumulada de final de temporada que no se te quita por dormir ocho horas un día libre y que se respira en el ambiente nada más entrar a la lencería a primera hora.
Estar al frente del equipo en este tramo del año es la prueba de fuego de cualquier gobernanta. Aquí ya no va solo de pasar el dedo por los marcos o mirar si las camas están perfectas; va de sostener al equipo cuando a todas nos fallan las fuerzas.
Cuidado con saltar a la primera
Cuando el cansancio aprieta, la paciencia brilla por su ausencia. Un comentario fuera de sitio en el pasillo, una mala cara por un reparto que parece desigual o el agobio de una salida que se complica te pueden liar una buena en cuestión de minutos.
El mal humor en pisos se pega más rápido que el polvo. Si la tensión se instala entre nosotras, el turno se hace el doble de duro y los fallos empiezan a salir solos. En esta época hay que estar con la antena puesta para frenar esos roces antes de que se conviertan en una discusión fea entre compañeras.
Adaptar el ritmo sin bajar el listón
Exigir la misma rapidez en septiembre que cuando arrancamos en mayo no es de tener los pies en la tierra. La calidad del hotel no se toca, por supuesto, pero la forma de organizarnos el día a día sí tiene que tener en cuenta la paliza que llevamos encima:
- Repartir con cabeza: Mirar bien a quién le toca lo más duro y rotar los bloques difíciles para que nadie sienta que siempre le cae lo peor.
- Respetar los descansos sí o sí: Asegurarte de que todo el mundo para sus minutos a tomar un café, respirar y desconectar sin prisas.
- Menos charlas y más empatía: Un “menudo carrerón llevamos hoy, buen trabajo” al cerrar el turno o pararte a escuchar a quien está agobiada vale mil veces más que cualquier discurso bonito.
Cuidar a las que sostienen la planta
Las habitaciones no se limpian solas, ni las arreglan las aplicaciones del móvil ni los papeles del cuadrante. Las limpian personas que llevan muchísimos kilómetros acumulados en las zapatillas.
Ser gobernanta cuando aprieta el cansancio no es apretar más los tornillos para llegar como sea. Es dar la cara por tu gente, poner orden, repartir con justicia y ser el hombro donde apoyarse para que todo el equipo llegue al final de la temporada de pie, con el trabajo bien hecho y la cabeza muy alta.
