¿Os ha pasado alguna vez que, al entrar en el office, parece que habéis llegado a un programa de televisión de cotilleos?
Últimamente, me da la sensación de que, en muchas secciones, hay más ojos puestos en lo que hace (o deja de hacer) la compañera de al lado que en el trabajo que cada una tiene entre manos. Y mira que yo soy la primera que defiende el trabajo en equipo, pero una cosa es apoyarnos y otra muy distinta es vivir pendientes de la planta de enfrente.
¿Por qué pasa esto?
A veces es el aburrimiento, otras veces es la necesidad de encontrar culpables cuando algo no sale, y muchas otras, simplemente, es una forma de no querer ver los fallos de nuestra propia zona. Pero ¿de qué nos sirve saber si a la compañera le ha faltado repasar un espejo si nosotras tenemos el carro a medio organizar o el amenity mal colocado?
Cuando enfocamos nuestra energía en “vigilar” al prójimo, pasan tres cosas que nos hacen mucho daño:
- Perdemos el foco: Si estás mirando si la otra está descansando cinco minutos más, tu ritmo de trabajo cae. Tu calidad baja. Al final, el cliente no le pone la queja a la compañera, te la pone a ti porque tu zona no estaba perfecta.
- Se pudre el ambiente: La confianza es la base de nuestra profesión. Si empiezas el turno pensando “a ver qué hace esta hoy”, ya has entrado con el pie izquierdo. Eso se nota, se respira y hace que el día sea mucho más largo y pesado de lo que debería ser.
- Nos olvidamos de lo nuestro: La maestría en esta profesión viene de la autocrítica, no de la crítica externa. De decir: “Hoy voy a ser más rápida, voy a pulir mejor este detalle”. Eso es lo que nos hace profesionales de verdad.
Mi consejo para esta semana:
La próxima vez que sientas que te sale ese impulso de mirar qué está haciendo la de al lado, párate un segundo. Respira. Mira tu carro, mira tu lista de tareas y piensa: “¿Hay algo más que pueda hacer para que mi sección sea hoy impecable?”.
Si cada una de nosotras se ocupara realmente de su parcela con la misma intensidad con la que observamos la de los demás, seríamos, sin lugar a dudas, un equipo imparable.
Dejemos los cotilleos para la hora del café (y con moderación) y volvamos a lo que realmente nos hace grandes: nuestro trabajo, nuestra profesionalidad y ese orgullo de ver una planta perfecta al final del turno.
